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Tres meses sin respuestas. Tres meses sin el compañero Julio. Tres meses de dilaciones judiciales por cuestiones de competencia, mientras el Gobierno Nacional y el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires se lanzan dardos frente a una realidad concreta: una investigación frustrada que, aún hoy, se sigue debatiendo entre la averiguación de paradero y la desaparición forzada.
Sin embargo, lo peor radica en la elevada indiferencia de la ciudadanía gracias a los procesos de sobre y subinformación de los multimedios, junto a una escasa conciencia sobre la gravedad de un hecho que no debería pasar desapercibido para todos los argentinos. Por un lado, una marea informativa que, por momentos, ha desplazado el seguimiento de la investigación de las tapas y de los titulares radiales y televisivos para llevarla a una mínima expresión que contribuye a una deliberada desinformación tendiente a permitir el libre albedrío de la impunidad y por otro, la plena vigencia del paradigma del "no te metás", en forma subliminal, al igual que el de "por algo será, que opera sensiblemente en el inconsciente colectivo de una sociedad que no reacciona frente a un importante condicionante para la prosecución de las causas contra los genocidas y represores.
Pareciera ser que es más importante la economía que la vida de un ciudadano, de un hombre, abuelo, marido y padre que tuvo el coraje de decir la verdad ante un tribunal sobre las andanzas de un genocida. Una vez más, la tendencia a la escasa memoria colectiva sobre el pasado reciente lleva a ensombrecer el esclarecimiento de los hechos, en una clara conducta lindante con el analfabetismo político de Brecht.
Pasaron 90 días y la sociedad argentina está pendiente de los valores de los hoteles para las próximas vacaciones y de los precios para la canasta navideña. Por supuesto, claro está, quienes integran el medio pelo argentino, el mismo sector social que agitó las cacerolas en ocasión de aquel 19 y 20 de diciembre de 2001 cuando les tocaron sus cuentas bancarias, pero que siempre miró para otro lado ante la exclusión social creciente que sumió y sigue sumiendo en la pobreza y en la indigencia a millones de argentinos. No importa si desapareció Julio López o el pibe de la esquina, solamente interesa el salir de vacaciones y la bacanal de Navidad...
Y es grave, gravísimo, que esta conducta de desinterés creciente anide en nuestra sociedad. Lo es porque implica un claro desdén acerca de lo institucional, de la verdadera significación acerca de las consecuencias de un hecho que puede repetirse en pleno Estado de Derecho. Peor aún, implica ignorar al otro, al vecino, al pariente, al amigo como parte integrante de nuestra realidad.
Solamente la tarea titánica de las organizaciones nucleadas en el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia es la que pudo, puede y podrá seguir intentando articular los esfuerzos tendientes a la aparición con vida de Jorge Julio López y a la búsqueda de los caminos que lleven a una vigencia efectiva de los Derechos Humanos. El plantón del Ministro del Interior, Dr. Aníbal Fernández y el doble discurso permanente fueron la respuesta política a una legítima y legal exigencia por la vida de un compañero, mientras la sociedad civil sigue pensando en clave de los paradigmas impuestos durante la dictadura militar.
Manda la indiferencia. La estatal y la social. Ambas son cómplices de una impunidad que se perpetúa a cada instante, mientras el tiempo de descuento va corriendo a favor de los genocidas y represores que están libres o cumplen un arresto domiciliario para esperar el momento de partir al igual que el extinto Pinochet.
Pero es hora de enfrentarla, de seguir exigiendo una aparición con vida del compañero pero también de un Estado que cumpla con sus obligaciones, que exonere a los funcionarios civiles, militares y policiales, cómplices de la represión, que desmantele el aparato represivo y que deje de criminalizar la protesta social. Es hora que se sacuda la modorra social para dar cuenta de un ejercicio ciudadano que lleve a ello.
Mientras siga mandando la indiferencia, la peor de todas las conductas humanas ante el horror y el terror, los argentinos seguiremos siendo el blanco predilecto de quienes han elegido estos métodos como forma de vida, los mismos que, con la complicidad de la Iglesia y del poder económico ligado al Imperio, han regado estas tierras con sangre y con dolor para quienes hemos sobrevivido a ello.
Entonces, se impone romper el manto de silencio destinado a acallar las voces de juicio y castigo como también, sin dudas, la movilización permanente en defensa de los Derechos Humanos. Tal vez, de este modo, los argentinos nos decidamos a decir basta a una indiferencia que mató, mata y seguirá matando junto a los personeros de la muerte, los que siguen añorando un regreso mediante llamamientos públicos o esperando agazapados en las sombras para continuar con los zarpazos...
Prof. Juan Carlos Sánchez Cs. Jurídicas, Políticas y Sociales (I. S. P. "Dr. Joaquín V. González")
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